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Emociones Reprimidas y Conflictos; No Resueltos.

Actualizado: 26 ago 2025




Dr. Jaime Marcos La Fuente Loroño.

Medico psiquiatra.

Aquí está un resumen de los puntos clave del libro “Emociones Reprimidas y Conflictos No Resueltos”:

  • La mayoría de las enfermedades tienen una base psicosomática. Los problemas emocionales y traumas reprimidos pueden causar enfermedades físicas. Es importante tratar la causa subyacente, no sólo los síntomas.

  • La inestabilidad emocional puede originarse en la niñez o por traumas de la vida adulta. El tratamiento implica psicoterapia para identificar y resolver esos conflictos reprimidos.

  • El psiquiatra tiene más herramientas que el psicólogo, como medicamentos y conocimientos de neurología. Pero la psicoterapia es más importante que los fármacos.

  • La hipnosis clínica y la terapia de vidas pasadas pueden ayudar a liberar traumas muy arraigados. Algunos pacientes recuerdan aparentes vidas pasadas bajo hipnosis.

  • Se presentan varios casos clínicos donde la psicoterapia convencional no fue suficiente, pero al agregar hipnosis y terapia de vidas pasadas se logró mejoría.

  • El autor parece tener una mente abierta sobre temas como vidas pasadas y fenómenos paranormales. Considera que la medicina y psiquiatría deben evolucionar y ser más integrales.

Recomendaría este libro porque presenta un enfoque holístico de la salud mental, reconociendo la interconexión entre mente, cuerpo y espíritu. Aporta una perspectiva diferente a la psiquiatría tradicional. Los casos clínicos son interesantes y demuestran la utilidad de técnicas como la hipnosis. El libro invita a reflexionar sobre la posible influencia de vidas pasadas y experiencias reprimidas en nuestra salud actual. Puede ser de utilidad tanto para profesionales de salud mental como para lectores interesados en estos temas.


Las consecuencias de los conflictos no resueltos

Un conflicto no resuelto es como una herida abierta: puede parecer pequeña, incluso olvidarse por momentos, pero mientras no se sane, se infecta, se extiende y afecta todo el organismo. Lo mismo ocurre en las relaciones humanas: cuando un conflicto no encuentra un cauce de resolución, sus raíces se extienden silenciosamente y dejan consecuencias profundas.


1. En el plano personal

A. Emocional

  • Rencor acumulado: El resentimiento se convierte en una carga invisible que consume energía vital. La persona revive una y otra vez la ofensa, quedando atrapada en un ciclo de dolor.

  • Ansiedad y estrés: El recuerdo constante del conflicto activa el sistema nervioso, produciendo una tensión que nunca descansa.

  • Depresión: Al no poder expresar ni resolver lo pendiente, surge el sentimiento de impotencia, que puede derivar en tristeza crónica.

  • Amargura y cinismo: La persona empieza a ver la vida con desconfianza, perdiendo la capacidad de disfrutar lo bueno.

B. Físico

  • Insomnio: La mente inquieta no permite el descanso.

  • Problemas gástricos y cardiovasculares: El estrés sostenido aumenta la presión arterial y afecta el sistema digestivo.

  • Baja inmunidad: El cuerpo debilitado se vuelve más propenso a enfermedades.

  • Adicciones: Muchos buscan escapar del peso interno mediante alcohol, drogas, comida excesiva o entretenimiento compulsivo.

C. Espiritual

  • Distanciamiento de Dios: El corazón cargado de rencor se vuelve duro, y la oración pierde fuerza porque la persona se aferra más al conflicto que a la paz.

  • Ceguera interior: El conflicto no resuelto nubla la conciencia, impidiendo reconocer errores propios y aprender de ellos.

  • Culpa: Si la persona sabe que debió perdonar, hablar o resolver, la omisión se convierte en un peso moral que corroe el alma.


2. En el plano familiar


Un hogar donde los conflictos no se resuelven se convierte en un campo minado.

  • Comunicación rota: Nadie se atreve a hablar con franqueza por miedo a detonar viejas heridas.

  • Distanciamiento afectivo: Los miembros de la familia conviven bajo el mismo techo, pero cada uno en su propio mundo, sin verdadera conexión.

  • Repetición generacional: Los hijos aprenden a evadir, gritar o huir, repitiendo el mismo patrón de conflictos no resueltos en sus propias vidas.

  • Separaciones y divorcios: Lo que no se resuelve a tiempo termina por destruir el vínculo matrimonial.

  • Violencia: El rencor acumulado puede explotar en agresiones físicas, verbales o psicológicas.


3. En el plano social


Cuando los conflictos no se resuelven a pequeña escala, se proyectan hacia lo colectivo.

  • División en comunidades: Un desacuerdo no tratado puede fracturar iglesias, asociaciones, grupos de amigos o barrios enteros.

  • Polarización: La falta de diálogo lleva a posiciones extremas, donde ya no se busca comprender, sino ganar.

  • Desconfianza generalizada: El rencor acumulado se convierte en prejuicio hacia “el otro”, bloqueando la posibilidad de cooperación.

  • Violencia social: Muchos conflictos sociales y hasta guerras han tenido como raíz heridas históricas no sanadas.


4. En el plano laboral y profesional


  • Ambientes tóxicos: Cuando los conflictos no se abordan, se generan rumores, intrigas y bandos dentro de las organizaciones.

  • Productividad disminuida: El tiempo y energía se consumen en el malestar en lugar de enfocarse en los objetivos.

  • Pérdida de talento: Personas valiosas terminan renunciando, incapaces de tolerar el ambiente de tensión.

  • Reputación dañada: Una empresa o institución que no sabe resolver sus conflictos proyecta inseguridad e ineficacia.


5. En el plano histórico y social más amplio


Los conflictos no resueltos entre pueblos, religiones o naciones se convierten en cadenas que atraviesan generaciones:

  • Guerras interminables: Diferencias que no se resolvieron en su momento se heredan como enemistades históricas.

  • Rencor cultural: Grupos sociales cargan dolores colectivos que se transmiten en relatos, canciones o resentimientos comunitarios.

  • Obstáculo al progreso: La energía de un país se malgasta en pleitos internos en lugar de construir un futuro común.

La parábola de la piedra en el zapato

Un hombre caminaba con una pequeña piedra dentro de su zapato. Al inicio era solo una molestia leve, pero decidió ignorarla porque no quería perder tiempo quitándola. Con los días, la piedra le causó heridas en el pie, las heridas se infectaron y finalmente tuvo que detenerse por completo en su viaje.El conflicto no resuelto es esa piedra: lo que hoy parece pequeño, mañana puede detener por completo tu vida.


Conclusión


Los conflictos no resueltos no desaparecen por sí solos: se enquistan, crecen y se heredan. La consecuencia más grave no es solo la pérdida de paz, sino la pérdida de propósito: una vida consumida en resentimientos no puede florecer en amor, creatividad ni plenitud. Resolver un conflicto no es un acto de debilidad, sino de valentía: es elegir sanar para poder vivir y no solo sobrevivir.


Cómo empezar a resolver los conflictos no resueltos.


Un conflicto no resuelto es una carga que se acumula como polvo en el alma: mientras no se limpie, se convierte en costra y después en peso insoportable. Resolverlos no significa olvidar de un día para otro, ni fingir que nunca pasó; implica atravesar un proceso de sanación, de confrontación y de reconstrucción.


1. El primer paso: Reconocer el conflicto


Muchos prefieren negar lo que sienten: “ya pasó, no importa, no me dolió”. Pero la negación no sana, solo esconde la herida.

  • Reconocer implica ponerle nombre al dolor: ¿qué fue lo que pasó? ¿quién estuvo involucrado? ¿qué me causó realmente?

  • Aquí la sinceridad es clave: sin máscaras, sin justificaciones. El corazón necesita escuchar la verdad de tu propia boca.

  • La humildad entra en juego: aceptar que no somos inmunes al daño, y que lo que callamos también nos está consumiendo.


2. Entender que resolver no siempre es ganaR


En los conflictos no resueltos, el ego siempre busca su trono: “yo tengo razón, yo soy la víctima, él o ella es el culpable”.


  • Resolver no es demostrar que tu versión es la única válida, sino buscar un punto de paz.


  • A veces, resolver es renunciar al orgullo de tener la última palabra, porque la paz interior vale más que un debate ganado.


  • Jesucristo lo dijo con claridad: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9). No dijo “los que siempre tienen la razón”, sino los que eligen la paz.


3. La práctica del perdón



El perdón no significa justificar al otro ni olvidar mágicamente lo ocurrido. Es un acto de liberación personal.


  • Perdonar es dejar de cargar con el veneno del rencor.

  • Significa devolverle a Dios el derecho de juzgar y a ti el derecho de seguir adelante.

  • Cuando no perdonas, te encadenas al pasado; cuando perdonas, abres la puerta al futuro.


Atención: perdonar no siempre significa reconciliarse. La reconciliación depende de dos, pero el perdón depende solo de ti.


4. Afrontar el diálogo pendiente (cuando es posible)

En algunos casos, resolver un conflicto requiere hablar con la persona implicada. Esto no es sencillo, pero puede traer liberación.

  • Escoge el momento y lugar adecuados, no en medio de la ira.

  • Habla en primera persona: “yo sentí, yo viví”, en lugar de acusar con “tú hiciste, tú arruinaste”.

  • Escucha con paciencia. Quizá el otro también cargó heridas que nunca imaginaste.

  • No busques ganar la discusión, busca entender y cerrar el círculo.


5. Cuando el otro no está o no quiere resolver


Hay casos donde la persona ya murió, se alejó, o simplemente no desea enfrentar el conflicto. ¿Qué hacer?

  • Escribir una carta que nunca enviarás, vaciando todo lo que guardas.

  • Orar entregando ese dolor a Dios, reconociendo que la justicia final no está en tus manos.

  • Recordar que tu libertad no depende de la disposición del otro, sino de tu decisión de soltar.


6. Procesar con ayuda

Los conflictos no resueltos son pesados de llevar en soledad.

  • Buscar terapia psicológica o acompañamiento espiritual puede ser la diferencia entre seguir atado o encontrar liberación.


  • En grupos de ayuda mutua, muchas veces se encuentra un espejo: otros que han cargado heridas similares y que ya han encontrado caminos de sanidad.


7. Consecuencias de resolver un conflicto


Cuando decides enfrentarlo, la vida comienza a transformarse:


En lo personal


  • Descansas, duermes mejor, respiras ligero.

  • Recuperas energía para tus proyectos.

  • La amargura se convierte en esperanza.


En lo familiar

  • Los vínculos se sanan y se fortalece la confianza.

  • Los hijos reciben un modelo sano de resolución.

  • El hogar recupera su armonía.


En lo socia

  • Se construyen comunidades más fuertes, donde el diálogo vence al resentimiento.

  • Los lazos de cooperación sustituyen a la división.


En lo espiritual

  • El corazón limpio recupera la intimidad con Dios.

  • La oración fluye con sinceridad, porque ya no está bloqueada por rencores.

  • La paz de Cristo comienza a gobernar tu vida.


La parábola del nudo en la cuerda

Un hombre tenía una cuerda en sus manos, pero en ella había un nudo tan fuerte que no podía usarla. Se desesperó, la jalaba de un lado a otro, y el nudo solo se apretaba más. Entonces decidió sentarse con paciencia, observar despacio y empezar a desatarlo poco a poco.Así son los conflictos: si los ignoras o los fuerzas, se aprietan más; si los enfrentas con paciencia y humildad, se desatan.


8. El papel de Jesucristo en la resolución

Cristo no vino solo a reconciliar al hombre con Dios, sino también a reconciliarnos entre nosotros.

  • Él enseñó que perdonar setenta veces siete no es un mandato absurdo, sino el camino de libertad.

  • Su cruz fue el mayor acto de resolución de un conflicto: cargó sobre sí los pecados, la ira, el odio y abrió un camino de reconciliación eterna.

  • Si dejas que su ejemplo guíe tus pasos, tus conflictos no serán cadenas, sino oportunidades para crecer en amor.

Conclusión final

Un conflicto no resuelto es como vivir en una casa con fuego encendido en el sótano: puedes fingir que no pasa nada, pero tarde o temprano consumirá todo. Resolverlo es un acto de valentía, pero también de amor propio y de fe.No se trata de debilidad, sino de fortaleza interior; no de olvidar, sino de sanar; no de justificar, sino de liberarse.

El camino puede ser largo, pero cada paso hacia la resolución abre un espacio de luz en tu vida. Y al final, la paz que viene de Dios no solo sana la herida, sino que te convierte en un portador de paz para otros.

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